Mientras la gente está preocupada por la inseguridad, los políticos les acusan de racistas; mientras las familias ven como sus hijos tienen que irse al extranjero, los políticos solo ayudan a los recién llegados.
Ningún partido habla de los problemas reales que vive la calle. Ya sea por mala fe o por incompetencia, todo lo reducen al “cambio climático”, al “racismo”, a la “violencia de género” y al “y tu más”.
Ninguno tiene propuestas serias para reducir la inseguridad, para mejorar las oportunidades de los jóvenes, para mejorar los servicios, para conseguir una educación de excelencia, para reducir el precio de la energía…
Y, sobre todo, ninguno propone resolver el mayor problema del país: la ley electoral, esa que permite que, después de votar, los partidos se pasen meses mercadeando para saber quién tiene que gobernar, lo que supone una burla a la “soberanía popular” y una tomadura de pelo al electorado.
La misma ley que hace que los políticos sean cada vez más mediocres, rastreros y complacientes, porque ni hay segunda vuelta, ni listas abiertas, ni se limita el número de legislaturas que se puede ostentar el cargo.
El resultado es que hemos creado políticos profesionales, gente que no puede aportar nada porque solo ha trabajado en el partido; que no se debe a sus electores, sino a quien les ha puesto en la lista; que no piensa, sino que solo acata órdenes.
Mientras no cambiemos esa ley nefasta, este país seguirá hundido sin remedio en la mediocridad y la irrelevancia.


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